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diumenge, 6 de desembre del 2009

Llegada

Le he pedido a Miquel que colabore en esta página con un escrito que me cautivó hace ya la friolera de 12 años…Pero ¿qué supone este tiempo en un blog de vampiros? Tan solo un pellizco de eternidad… en todo caso un lujo que comparto con vosotr@s
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La niebla apenas me permitía ver el final del andén. De madrugada aún oscura, aguardaba. Había decidido llegar a Ciudad un poco a traición, antes de que despertase, pero no esperaba encontrar la estación tan desolada. El bar, cerrado a cal y canto, me dejó con las ganas de un primer café. Nadie en el andén. Se echaba en falta el ambiente entre adormecido e impaciente de la gente a la espera. Opté por leer el periódico hasta que los altavoces de la estación balbucearon una llegada: «va a efectuar su entrada por vía 2...», unos chirridos interrumpieron el mensaje, «...es directo a Ciudad...» y otra vez el sonido blanco.
Doblé el periódico y anduve hacia el otro extremo del andén, para quedar a la altura del primer vagón. El tren llegó silencioso y abrió sus puertas. Subí. Las luces del vagón vacilaban sin atreverse a quebrar la oscuridad de aquellas horas tempranas, estaba vacío. Retrocedí, inseguro de haber entrado en el tren correcto. Las puertas se cerraron sin que nadie lo abordase. Me asaltó la duda con una pizca de alarma, pero el tren comenzaba la marcha.
Pensé que lo más probable era que me hubiera equivocado, aunque no recordaba ningún posible desvío del itinerario a Ciudad. Puede que no entendiese bien el anuncio de la megafonía y el tren no recogía pasajeros; pero no, se paró y había abierto sus puertas. Concluí que, como aquel día no tenía prisa ni nadie me esperaba, lo peor que me podía pasar era acabar reprendido por el revisor o en alguna estación lejana, donde debería encontrar el camino a Ciudad o de vuelta. “No pasa nada” pensé. Hasta me agradó la idea de llegar a un lugar inesperado. Cogí un asiento y me acomodé.
Me gusta que haya poca gente en el vagón, cuanta menos mejor, pero no estaba acostumbrado a aquella ausencia. Decidí ir en busca del revisor. La ansiedad me traicionaba, en realidad quería volver a un viaje como tantos. Sentía aquella inquietud que produce el vacío de los lugares que se han conocido habitados.
Fui a la parte delantera del tren para encontrar al conductor, a veces su cabina está abierta, pero no en aquella ocasión. Con la oreja pegada a la puerta quise adivinar algún sonido, pero en aquel tren sólo se oía el familiar traqueteo. Me propuse buscar vagón por vagón, no era un tren de los más largos. Al cruzar por el paso entre la máquina y el primer coche, el aire fresco me azotó el rostro y sentí un frío intenso. Cerré los ojos para protegerlos. Me dolía la cara y la humedad era tanta que mi abrigo se roció de gotitas de agua. Al entrar en el segundo vagón, nadie. Recorrí el pasillo y en la puerta de paso al tercer vagón me envolví bien en el abrigo y me embocé con la bufanda. Otro golpe de frío y ya estaba en el tercer vagón. Nada.
Mientras cruzaba la plataforma del coche, el tren entró en un túnel y me reflejé en la ventana, asustándome. No sólo había sido mi imagen, había visto, intuido, algo más. Me llevé la mano al cuello. Estaba helado, dormido. Volví a mirar: sólo mi reflejo en el espejo casual, que se desvaneció al salir del túnel. No había nadie. Recorrí el resto del vagón y, definitivamente, no estaba el revisor.
Pensé que el dolor punzante en mi cuello estaba causado por el cambio de temperatura al pasar de vagón a vagón. Quería volver al primero. No sabía porqué, pero el primer coche parecía más tranquilizador, como si su posición avanzada supusiera llegar antes a dónde fuese que nos dirigíamos. Abrí la puerta para pasar al siguiente vagón. Estaba a medio camino, intentando cerrar la puerta que dejaba atrás cuando el tren entró en otro túnel. La oscuridad me envolvió de golpe. La humedad se me metía en el alma. Me así con desesperación de la manilla de la puerta. En mi cuello se multiplicaban punzadas de hielo. Pasó el túnel y la escasa luz que se filtraba entre la niebla me dio el valor necesario para soltar la puerta que dejaba atrás y abrir la de delante. Sentía en mi cuello mil cortes de cristal. No cejé en mi empeño de volver al primer vagón y crucé de nuevo entre coches, pero esta vez esperé un tramo sin túneles.
Me apoye en la barra que había en el centro de la plataforma. Estaba temblando, con una mano en mi cuello, intentando darle calor, y con la otra agarrado con todas mis fuerzas a la barra central. Se acercaba otro túnel. Gemí aterrado por no sabía qué. La oscuridad me desvalió de nuevo. Lentamente, casi suavemente, algo hecho para posarse, apresar y morder me tocó el cuello y un helor como no sé describir me atenazó, me paralizó más allá del pánico. En el túnel, sólo el frío. Quería moverme, gritar, pero no podía. Las ventanas se abrieron al unísono con un sonido seco y el aire crudo entró en el vagón. Yo sólo podía sentir —o no sentir— mi cuello muerto.
No sé de qué me di cuenta antes, si de la luz que llegaba, o del dolor cálido que me traspasaba. Había sentido terror por la entrada en el túnel, pero el sufrimiento de mi cuello me hacía desear su oscuridad, el vacío que helaba los sentidos. Aproveché el fin del tramo de túneles y el inicio de un largo trecho descubierto, para soltar la barra y sentarme. Después de un rato, nada sucedió. Por la ventana, veía las siluetas de los árboles desnudos a la luz difusa del primer sol. Me tranquilicé un poco. A pesar de mi angustia y de mi cuello herido, mi cuerpo respondió con sabiduría al agotamiento: luché por la conciencia brevemente y finalmente cedí.
Desperté y me levanté sobresaltado antes de entrar en los túneles de Ciudad. Amplios y largos, estaban iluminados a intervalos por luces color de llama, tenues, que proyectaban mi sombra sobre sus paredes con un efecto hipnótico. Mi silueta llegaba por mi derecha, pasaba ante mí y me adelantaba una y otra vez, al ritmo del traqueteo del tren. Yo esperaba, tenso, el beso en mi cuello. Poco a poco, sobre la pared del túnel, se dibujó otra sombra. Al principio fue una intuición oscura, pero muy lentamente, como la sangre al coagularse, fue perfilándose hasta definir una figura delgada, alta, de espalda ancha y con una larga melena que ondulaba al aire. Estaba quieta, tan quieta que sólo mi sombra pasaba una y otra vez ante mí, la otra permanecía serena proyectada en el túnel que el tren recorría. Mientras, fascinado, la contemplaba, sentí el frío que se acercaba por detrás. Cerré los ojos y me volví con los brazos extendidos, los puños agitándose en el aire, en busca de un cuerpo, queriendo hacer daño. No había nadie. Rendido, lentamente, aterrado, volví mi mirada hacia la pared del túnel y la segunda figura seguía allí, claramente perfilada.
Las luces de la estación desvanecieron las sombras. El tren aminoraba la marcha. Pulsé repetidamente el botón de apertura del vagón. Se oyeron los sonidos de frenado y las puertas se abrieron por fin. Salté y corrí. Al final del andén me volví. Esta vez las puertas, excepto la mía, estaban cerradas. Una de las del vagón más lejano se abrió y juro que una sombra de deslizó hacia el andén. Viniese de dónde viniese, algo ha llegado a Ciudad.
El cielo de Ciudad es un permanente atardecer lluvioso. El sol, a ras de horizonte, proyecta sombras estilizadas que apuntan hacia el este, a punto de abandonar a los objetos y a las personas que levemente las poseen. No sé cuanto tiempo llevo vagando por las calles en compañía del dolor agudo en mi cuello. Ese tren fue el último tren. Los caminos se entrecruzan en nudos que no llevan más que a Ciudad. Las estaciones están vacías. Llamo a las puertas de las casas ya sin esperanza. Si en la calle abordo a alguien, se aparta de mí sin más que indiferencia. Desde mi llegada, desde su llegada, tengo la sensación de que cada día hay menos gente en las aceras, menos coches en las calles, menos luces que iluminen este crepúsculo constante. Ya, mi único deseo es que anochezca por fin, estar solo a oscuras, como en un túnel; y que lo que llegó conmigo, mi compañero de viaje, me encuentre y me proporcione la calma vacía de aquel frío en mi cuello.
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La fotografía que encabeza este post es del mismo autor y la podéis encontrar junto a otras [magníficas] de la misma série en su blog, concretamente en un post que lleva por título Nocturno.

diumenge, 27 de setembre del 2009

Visum et repertum

Fa un temps li vaig demanar a l’Anna que m’escrivís un post on destil·lés aquells sentiments i pensaments [aquests dos aspectes sempre van lligats en els seus escrits...] vers la figura del vampir. El meu desig era vestir aquest espai amb la seva particular i fascinant manera de filar les paraules al voltant d’aquest mite. Aquest desig s’ha complert i aquest n’és el resultat...
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En aquesta ocasió, és preceptiu un avís abans que us endinseu en la lectura d’aquesta entrada: el que segueix no són més que reflexions en veu alta, desendreçades i, possiblement, encara desencertades. No ha estat fins el moment d’escriure que te n’adones de com és de difícil fer-ho sobre quelcom que no acabes de conèixer. No hi ha por més poderosa, més profunda, que la por a allò que ens és desconegut. Amb el pas dels anys no pots ignorar-ho, saps que hi és, però quelcom t’impedeix d’acostar-t’hi. Serveixi, doncs, aquest post com una passa més d’aquesta aventura. Dit això, comencem.

Si hagués de posar-li títol a aquest viatge iniciàtic, li prendria el nom a l’acta que
Flückinger signà després de la seva intervenció en contra dels vampirs a la petita població de Medvègia: Visum et repertum, cercats i descoberts. No he necessitat aprovisionar-me d’estaques o bales de plata, ni aventurar-me en la foscor per trobar-los. Ha calgut, això sí, el relat suggerent de qui saps apassionat per aquests éssers, la conversa que no et deixa indiferent, per deixar-me atrapar per la fiblada captivadora dels vampirs.

Des d’aquella primera lectura de La mort enamorada, Carmilla, Déjame entrar o
El llit sota la tomba -una antologia de la narrativa de vampirs- s’han anat succeint a la tauleta de nit. I he anat desenterrant històries. No n’hi ha dues d’iguals: vampirs, vampiresses, escenaris, paisatges, arguments..., tots prenen un tint que els fa diferents de la resta.

Imaginava els vampirs com uns éssers violents, moguts pels instints més baixos que hom pugui imaginar, lladres de vida, depredadors nats. Però el que vaig sentir mentre llegia La mort enamorada va marcar profundament la meva percepció de tot el que he anat trobant després. I és que l’obra és una peça delicada que colpeix per la bellesa d’un amor –vampíric, però generós alhora– que només pren allò que li cal: “...no et faré cap mal, no agafaré de la teva vida res més que el necessari perquè la meva no s’apagui”. Qui de nosaltres, pobres mortals, gosa acusar d’estar desproveït d’ànima a algú que és capaç d’estimar així?

Privats d’esperit, tots seus actes són jutjats sota el prisma d’una dimensió física, d’un desig sexual desfermat: encarnen el nostre subconscient, els desitjos més amagats i les fantasies és fosques. Un peculiar quid pro quo on perd sentit parlar d’innocents o de culpables. Assenyalar amb un dit acusador alhora mentre diem: “ha estat ell” ens deslliura de la pesada llosa de la consciència, del judici propi i del dels altres. Però per poder-ho fer, per ser víctimes, ens cal esdevenir botxins, condemnar-los atroçment per condonar les nostres culpes, per traslladar-les fins deslliurar-nos.

Perseguits, combatuts, exhumats. Condemnats a no sentir el batec del cor, a no poder oferir la pròpia escalfor a qui se’ls hi acosta; privats de la joia de perpetuar-se amb nissaga pròpia, sentenciats a viure més enllà d’una mort que no és tal per vagar permanentment –hereus de la maledicció de Caín– a la cerca de l’únic fluid capaç de sadollar la seva ànsia de viure: aquest és el seu destí. Viure en la mort, ser morts en vida.

Podria seguir escrivint, però cada cop m’endinsaria més en un laberint d’idees sense lligam. Assedegada com estic encara per saber-ne més i més, no he trobat moment per endreçar-les convenientment. Però tampoc seguiré escrivint més per una altra raó, aquesta més poderosa. I és que ja existeix qui ho ha fet abans que jo, en un fragment que ho exposa exquisidament, un dels meus preferits d’entre tot el que he llegit fins ara. Descobriu, en paraules de Carmilla, com n’és de curta la distància que separa els dos platerets de la balança. I després, si encara teniu la gosadia, jutgeu:

“Estimada, sé que el teu cor se sent ferit. No em jutgis cruel: em limito a obeir una llei ineludible que constitueix la meva força i la meva feblesa. Si el teu cor està ferit, el meu sagna amb el teu. Enmig de la meva gran tristesa, visc de la teva exuberant vida, i tu moriràs dolçament per la meva. És quelcom inevitable. I així com jo m’acosto a tu, tal volta, tu t’acostaràs a altres i aprendràs l’èxtasi de la crueltat, que és una forma de l’amor.” (Carmilla, Sheridan Le Fanu).
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Podeu trobar més escrits de l'autora al seu bloc Amb lletra de pal

dimarts, 4 d’agost del 2009

Diàleg sobre vampirs i vampiròlegs


No vull desaprofitar l’oportunitat d'editar un diàleg arran d’una pregunta inicial que vaig fer a twitter. La pregunta tractava sobre quins continguts clau s’havien de tenir en compte a l’hora de formar a vampiròlegs. Al marge dels updates ingeniosos que una pregunta d’aquest tipus pot generar a la twitosfera, vaig rebre per part d’@arati una impagable correspondència que vull compartir amb vosaltres...
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@ARATI: Que quins continguts clau s’haurien de tenir en compte en la formació d’un vampiròleg? Així de cop i volta se m’acut una curiositat bàsica per la natura humana i el nostre comportament. Segurament també unes nocions bàsiques d'antropologia i psicologia...

@DAMPYR: Totalment d’acord, aquestes nocions de psicologia a les que et refereixes potser haurien de ser més profundes en psicoanàlisi i no em refereixo al tan trillat Jung. També afegiria coneixements extensos de les religions antigues i haver-se empassat el millor [i el no tan bo] de la literatura fantàstica i de terror escrita...de Lope de Vega [ex. La posada del mal hospedaje] als títols que estan sortint darrerament. Què en penses?

@ARATI: Per suposat, els vampirs que tenim en ment són, evidentment, el resultat d'un conglomerat literari/fílmic i escasses però molt suggerents notícies històriques. El nostre vampir és una elaboració lírico-cultural de pors ancestrals. Per tant, el vampiròleg ha de ser necessariament un bon lector (o lectora, pots anar afegint mentalment tots els /a si prefereixes un llenguatge políticament correcte).

El mite del vampir encaixa molt bé en el context de la societat victoriana, amb normes morals i sexuals molt rígides i encorsetades. Cada època acaba per crear el monstre que necessita, el que parla de les seves pors i carències.

En aquest context, als vampiròlegs més aviat me'ls imagino amb algun tipus de trauma personal, educacional o sexual, que els porta al celibat, a un sobri apartament dels plaers sensuals en general (el vampiròleg no pot ser un gourmet) i a lliurar-se -sublimant tota la libido- a la investigació vampírica, com si l'interès i la vehemència en la caça del vampir no aconseguís amagar la fascinació que desprèn aquesta criatura (atractiva i repulsiva alhora).

Si parlem de vampirs "clàssics" el vampiròleg que els toca ha de ser un obsessiu, algú amb certa inacceptació de la seva part més animal i que persegueix vampirs amb una inconfessable enveja, perquè el vampir sí que exercita la seva pulsió sense cap mena d’obstacle.

Si ens re ubiquem als vampirs més contemporanis, on el sexe és menys tabú però l'assassinat segueix sent-ho igual que la violència, la sang i alimentar-se d'un altre... segueixen mantenint idèntic poder. Són conceptes bàsics, dels que ens fan estremir.

Pensant en Déjame entrar, per exemple, em sembla que aquesta fascinació per la llibertat amb que el vampir es pot permetre conductes "prohibides", continua igualment vigent. I no hi ha vampiròleg. Potser el vampir segueix sent necessari però el vampiròleg no tant?

Si hem reprès el mite del vampir, en literatura, en cine, on havia quedat molt oblidat, és perquè d'alguna manera ens fa falta. O no és aquesta barreja d'humanitat/animalitat la que ens fa atractius els vampirs?

És la mateixa que té Hannibal Lecter, la delicadesa/la brutalitat...

@DAMPYR: Tens raó en que cada època crea o adapta un mite a la mida de les seves vulnerabilitats i aquests mites poden esser d’allò més diversos. Reconeixem el vampir per les seves característiques principals però, com bé dius, res té a veure Carmilla amb l’Eli de Déjame Entrar. La relació entre vampiròleg i trauma potser és la mateixa que en qualsevol dedicació professional on s’aboca el cor i l’ànima, sempre sembla que es reflecteixin certs impactes evolutius foscos.

Potser cal considerar la vampirologia com l’estudi dels vampirs i, a partir d’aquí, es poden diferenciar diversos subtipus del que podríem dir vampirologia aplicada...una d’aquestes aplicacions és la cacera de vampirs...

De fet, pensant-hi, vampiròlegs en poden haver (i n'hi ha) sense que realment existeixin vampirs voletejant al voltant nostre. Pensem en tots i totes aquelles que analitzen i estudien les manifestacions artístiques, folklòriques o mediàtiques sobre el tema. En canvi, caçadors de vampirs...em costa més veure’ls gaudint de salut mental... Crec que diferenciar entre vampiròleg i caçador de vampirs és important a l’hora de definir aquest perfil..

A la literatura i al cinema, el caçador de vampirs (en algun cas vampiròleg) està fet a la mida del monstre al que persegueix i representa els valors de l’època. Això sí, la persecució del vampir no li deixa temps per res més. El coneixement de la seva terrible i amenaçadora presència fa ombra sobre els petits plaers que l’envolten. El caçador està consagrat a la seva cacera per mantenir a bon esguard la virtut tan valorada...

En certa manera, a la literatura i al cinema, cada vampir té associat un caçador i estableixen una mena de persecució mútua, de dia un fa de perseguit i de nit el substitueix l’altre. Com l’enfrontament intern de moltes persones... Robert Louis Stevenson va donar un pas endavant situant els dos subtipus en una mateixa persona a L'estrany cas del Dr. Jekyll i Mr. Hyde... La potència del vampir contrasta amb l’enorme fragilitat a la que es veu exposat quan descansa...la nostra part més canalla és sotmesa a l’endemà...

A les Cròniques Vampíriques de la Rice, el caçador és el mateix vampir penedit i enyorat de la seva condició humana. I a Déjame Entrar, l’Eli està amenaçada per un caçador, el xicot de la noia que vampiritza...recordes?

@ARATI: És clar, jo estava confonent les dues figures: el caçavampirs i el vampiròleg. Ara ho entenc millor. Era una distinció necessària, gràcies Dampyr...

Ho recordo, però el caça vampirs d'Eli no és ben bé un caça vampirs, és un pobre home desesperat que vol venjar la mort de la seva novia, no persegueix ni coneix els vampirs, no sap què ha de fer ni entén gaire el que va descobrint. La contemporaneïtat de la història ens estalvia el final tranquil.litzador i previsible amb el vampir mort i "el bé" triomfant sobre "el mal".

En el cas de Déjame Entrar el "bé" i el "mal" no estan tan clarament definits ni separats, conviuen i estan presents en cadascuna de les dues bandes, la dels perseguidors i la de la perseguida. És una revisió del vampir contemporània, no perquè estigui ubicada en els nostres dies, sinó perquè és complexa. Com tu vas dir, hi ha moments en que desitges que Eli (la suposada representant del mal) entri a arrasar-ho tot en aquell ambient malsà. Eli ens fa por i ens desperta tendresa perquè per moments es veu totalment desemparada, però és una vampira també, i és forta, molt forta.

Totalment d'acord en que cada vampir té el seu caçador complementari. No m'has dit res de Clarice i Lecter, formen una parella de caçador-monstre molt peculiar.

En fi, ara cal seguir donant-li voltes al tema, a veure si se’ns acudeixen més matèries per aquest màster de vampiròlegs del S. XXI.

@DAMPYR: Gràcies @arati, ha estat tot un plaer...