diumenge, 27 de desembre de 2009

Renfield

D’alguna manera, per a tothom és conegut Renfield, aquell personatge foll que a la novel·la de Dràcula era l’objecte d’investigació del Dr. Seward. Malgrat costi de situar-lo clarament al llarg de l’obra, Renfield va precedir a en Jonathan Harker en el seu viatge a Transilvània, del qual va tornar profundament impressionat i trastocat per la figura del Comte. Tant que el varen haver d’internar...

La particularitat de Renfield era el seu delit per menjar bestioles de tot tipus: aranyes, escarabats, ocellets [una nit per poc no es mor per empassar-se’ls amb plomes i tot...], etc. La qüestió era incorporar vides... Empassar-se una vida aliena, per a Renfield, suposava sumar a la pròpia vida la vida de l’altre, seguint l’esquema simpàtic que tan bé apuntava James George Frazer a La branca daurada.

En el seu moment vaig arribar a pensar que les figures realment reals, en les que devíem cercar identificar-nos, eren les dels diferents personatges de la novel·la tret del Comte i de Van Helsing, que vindrien a ser els dos grans paradigmes existents en una època d’esclat científic en mig d’un món ofegat per la ignorància i la superstició.

Si ens hi parem a pensar, per una banda tenim la figura de Dràcula, el qual representaria el pensament primitiu i màgic: La sang és vida... pren sang i tindràs més vida... i del qual Renfield ve a ser el màxim exponent, un exemple dels seus seguidors.
Per una altra banda, Van Helsing representa el nou ordre cognitiu i científic. Com a nou ordre és un bon coneixedor del vell, de les seves fortaleses i febleses. La seva missió és eliminar-lo i substituir-lo per la raó, pel pensament científic... empíric i pragmàtic. De la mateixa manera que Van Helsing i els seus acòlits persegueixen al monstre, Renfield és tancat i anorreat al frenopàtic. La pèrdua de la raó crea aquest tipus de monstres i s’han de reprimir...

Al cap i a la fi, això no deixa de ser una reflexió juvenil, potser una mica simple... però avui m’ha vingut al cap i no he pogut deixar de sentir un punt de nostàlgia, un fons de tristesa... com si cada guany de coneixement anés lligat irremissiblement a una terrible pèrdua...

dimecres, 23 de desembre de 2009

Have a dark Christmas


diumenge, 6 de desembre de 2009

Llegada

Le he pedido a Miquel que colabore en esta página con un escrito que me cautivó hace ya la friolera de 12 años…Pero ¿qué supone este tiempo en un blog de vampiros? Tan solo un pellizco de eternidad… en todo caso un lujo que comparto con vosotr@s
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La niebla apenas me permitía ver el final del andén. De madrugada aún oscura, aguardaba. Había decidido llegar a Ciudad un poco a traición, antes de que despertase, pero no esperaba encontrar la estación tan desolada. El bar, cerrado a cal y canto, me dejó con las ganas de un primer café. Nadie en el andén. Se echaba en falta el ambiente entre adormecido e impaciente de la gente a la espera. Opté por leer el periódico hasta que los altavoces de la estación balbucearon una llegada: «va a efectuar su entrada por vía 2...», unos chirridos interrumpieron el mensaje, «...es directo a Ciudad...» y otra vez el sonido blanco.
Doblé el periódico y anduve hacia el otro extremo del andén, para quedar a la altura del primer vagón. El tren llegó silencioso y abrió sus puertas. Subí. Las luces del vagón vacilaban sin atreverse a quebrar la oscuridad de aquellas horas tempranas, estaba vacío. Retrocedí, inseguro de haber entrado en el tren correcto. Las puertas se cerraron sin que nadie lo abordase. Me asaltó la duda con una pizca de alarma, pero el tren comenzaba la marcha.
Pensé que lo más probable era que me hubiera equivocado, aunque no recordaba ningún posible desvío del itinerario a Ciudad. Puede que no entendiese bien el anuncio de la megafonía y el tren no recogía pasajeros; pero no, se paró y había abierto sus puertas. Concluí que, como aquel día no tenía prisa ni nadie me esperaba, lo peor que me podía pasar era acabar reprendido por el revisor o en alguna estación lejana, donde debería encontrar el camino a Ciudad o de vuelta. “No pasa nada” pensé. Hasta me agradó la idea de llegar a un lugar inesperado. Cogí un asiento y me acomodé.
Me gusta que haya poca gente en el vagón, cuanta menos mejor, pero no estaba acostumbrado a aquella ausencia. Decidí ir en busca del revisor. La ansiedad me traicionaba, en realidad quería volver a un viaje como tantos. Sentía aquella inquietud que produce el vacío de los lugares que se han conocido habitados.
Fui a la parte delantera del tren para encontrar al conductor, a veces su cabina está abierta, pero no en aquella ocasión. Con la oreja pegada a la puerta quise adivinar algún sonido, pero en aquel tren sólo se oía el familiar traqueteo. Me propuse buscar vagón por vagón, no era un tren de los más largos. Al cruzar por el paso entre la máquina y el primer coche, el aire fresco me azotó el rostro y sentí un frío intenso. Cerré los ojos para protegerlos. Me dolía la cara y la humedad era tanta que mi abrigo se roció de gotitas de agua. Al entrar en el segundo vagón, nadie. Recorrí el pasillo y en la puerta de paso al tercer vagón me envolví bien en el abrigo y me embocé con la bufanda. Otro golpe de frío y ya estaba en el tercer vagón. Nada.
Mientras cruzaba la plataforma del coche, el tren entró en un túnel y me reflejé en la ventana, asustándome. No sólo había sido mi imagen, había visto, intuido, algo más. Me llevé la mano al cuello. Estaba helado, dormido. Volví a mirar: sólo mi reflejo en el espejo casual, que se desvaneció al salir del túnel. No había nadie. Recorrí el resto del vagón y, definitivamente, no estaba el revisor.
Pensé que el dolor punzante en mi cuello estaba causado por el cambio de temperatura al pasar de vagón a vagón. Quería volver al primero. No sabía porqué, pero el primer coche parecía más tranquilizador, como si su posición avanzada supusiera llegar antes a dónde fuese que nos dirigíamos. Abrí la puerta para pasar al siguiente vagón. Estaba a medio camino, intentando cerrar la puerta que dejaba atrás cuando el tren entró en otro túnel. La oscuridad me envolvió de golpe. La humedad se me metía en el alma. Me así con desesperación de la manilla de la puerta. En mi cuello se multiplicaban punzadas de hielo. Pasó el túnel y la escasa luz que se filtraba entre la niebla me dio el valor necesario para soltar la puerta que dejaba atrás y abrir la de delante. Sentía en mi cuello mil cortes de cristal. No cejé en mi empeño de volver al primer vagón y crucé de nuevo entre coches, pero esta vez esperé un tramo sin túneles.
Me apoye en la barra que había en el centro de la plataforma. Estaba temblando, con una mano en mi cuello, intentando darle calor, y con la otra agarrado con todas mis fuerzas a la barra central. Se acercaba otro túnel. Gemí aterrado por no sabía qué. La oscuridad me desvalió de nuevo. Lentamente, casi suavemente, algo hecho para posarse, apresar y morder me tocó el cuello y un helor como no sé describir me atenazó, me paralizó más allá del pánico. En el túnel, sólo el frío. Quería moverme, gritar, pero no podía. Las ventanas se abrieron al unísono con un sonido seco y el aire crudo entró en el vagón. Yo sólo podía sentir —o no sentir— mi cuello muerto.
No sé de qué me di cuenta antes, si de la luz que llegaba, o del dolor cálido que me traspasaba. Había sentido terror por la entrada en el túnel, pero el sufrimiento de mi cuello me hacía desear su oscuridad, el vacío que helaba los sentidos. Aproveché el fin del tramo de túneles y el inicio de un largo trecho descubierto, para soltar la barra y sentarme. Después de un rato, nada sucedió. Por la ventana, veía las siluetas de los árboles desnudos a la luz difusa del primer sol. Me tranquilicé un poco. A pesar de mi angustia y de mi cuello herido, mi cuerpo respondió con sabiduría al agotamiento: luché por la conciencia brevemente y finalmente cedí.
Desperté y me levanté sobresaltado antes de entrar en los túneles de Ciudad. Amplios y largos, estaban iluminados a intervalos por luces color de llama, tenues, que proyectaban mi sombra sobre sus paredes con un efecto hipnótico. Mi silueta llegaba por mi derecha, pasaba ante mí y me adelantaba una y otra vez, al ritmo del traqueteo del tren. Yo esperaba, tenso, el beso en mi cuello. Poco a poco, sobre la pared del túnel, se dibujó otra sombra. Al principio fue una intuición oscura, pero muy lentamente, como la sangre al coagularse, fue perfilándose hasta definir una figura delgada, alta, de espalda ancha y con una larga melena que ondulaba al aire. Estaba quieta, tan quieta que sólo mi sombra pasaba una y otra vez ante mí, la otra permanecía serena proyectada en el túnel que el tren recorría. Mientras, fascinado, la contemplaba, sentí el frío que se acercaba por detrás. Cerré los ojos y me volví con los brazos extendidos, los puños agitándose en el aire, en busca de un cuerpo, queriendo hacer daño. No había nadie. Rendido, lentamente, aterrado, volví mi mirada hacia la pared del túnel y la segunda figura seguía allí, claramente perfilada.
Las luces de la estación desvanecieron las sombras. El tren aminoraba la marcha. Pulsé repetidamente el botón de apertura del vagón. Se oyeron los sonidos de frenado y las puertas se abrieron por fin. Salté y corrí. Al final del andén me volví. Esta vez las puertas, excepto la mía, estaban cerradas. Una de las del vagón más lejano se abrió y juro que una sombra de deslizó hacia el andén. Viniese de dónde viniese, algo ha llegado a Ciudad.
El cielo de Ciudad es un permanente atardecer lluvioso. El sol, a ras de horizonte, proyecta sombras estilizadas que apuntan hacia el este, a punto de abandonar a los objetos y a las personas que levemente las poseen. No sé cuanto tiempo llevo vagando por las calles en compañía del dolor agudo en mi cuello. Ese tren fue el último tren. Los caminos se entrecruzan en nudos que no llevan más que a Ciudad. Las estaciones están vacías. Llamo a las puertas de las casas ya sin esperanza. Si en la calle abordo a alguien, se aparta de mí sin más que indiferencia. Desde mi llegada, desde su llegada, tengo la sensación de que cada día hay menos gente en las aceras, menos coches en las calles, menos luces que iluminen este crepúsculo constante. Ya, mi único deseo es que anochezca por fin, estar solo a oscuras, como en un túnel; y que lo que llegó conmigo, mi compañero de viaje, me encuentre y me proporcione la calma vacía de aquel frío en mi cuello.
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La fotografía que encabeza este post es del mismo autor y la podéis encontrar junto a otras [magníficas] de la misma série en su blog, concretamente en un post que lleva por título Nocturno.