I
Si todavía estáis a tiempo, y no lo habéis hecho ya, leed
Soy Leyenda de
Richard Mathesson (1954). Es, desde mi punto de vista, el nivel evolutivo más elevado del desarrollo del vampiro en la Literatura.
El argumento:
Robert Neville, es, aparentemente, el único superviviente de una
pandemia que ha convertido a toda la humanidad en vampiros.
Neville dedica el día a proveerse de alimentos y a exterminar a los indefensos vampiros aprovechándose de la luz del sol. De noche se blinda en su domicilio y se defiende de ellos sumergido entre los vapores del
whisky y las notas del segundo concierto para piano de
Brahms.
Esta novela sintetiza en menos de 200 páginas el horror de la soledad y la tensión de ser depredado por unos seres a caballo entre el vampiro más seductor y el zombi más infecto.
Demasiado tarde se da cuenta de que ha tratado por igual a dos tipos de vampiros, el clásico, para entendernos y a otro que es producto de la pandemia, civilizado y que produce por su cuenta el plasma necesario para evitar nutrirse de otras personas. ¿De donde sale el vampiro clásico? Es poco importante a efectos de la novela. La conclusión hace referencia a la posible variabilidad del concepto de normal y no digo más…
Lo que sí quiero dejar claro es: En la novela, Robert Neville no es un teniente coronel del ejército norteamericano, ni un científico afamado, ni un héroe que muere para salvar a la humanidad, ni nada parecido.
II
Mantengo la hipótesis de que Soy Leyenda es una novela singular, de aquellas que proveen de escenarios originales que alimentan otros desarrollos literarios.
Un ejemplo lo tenemos en
La Piel Fría de
Albert Sánchez Piñol (2003).
Desde mi punto de vista esta novela bebe de tres fuentes privilegiadas: El
Tarzán de
Edgar Rice Burroughs (1914), básicamente el inicio, cuando el protagonista llega a la isla y describe el estado en el que se encuentra la cabaña habitada por su predecesor; El horror de Dunwich de H.P. Lovecraft (1928), donde es imposible no establecer una relación entre los seres anfibios descritos por el maestro del horror y los que visitan al protagonista de La Piel Fría; y Soy Leyenda (Mathesson, 1954) aquí, la situación de soledad, asedio y defensa desesperada son casi idénticas.
Para mí, Albert Sánchez Piñol aporta el valor añadido e incuestionable de una combinatoria ejemplar de estos tres elementos y de una reflexión sobre la permanente pugna entre lo moral y lo sensorial de la naturaleza humana.
III
Es una pena que todas aquellas personas que no han leído a Stoker, estén convencidas de que Drácula es una historia de amor a raíz de la versión que, de la novela, hizo Coppola (1992). No hace mucho hubo alguien que me defendía desesperadamente la inclusión del mito (no de la película) en el género romántico. Cualquier persona que haya leído la novela no tendrá ninguna duda en que el planteamiento desafectado y los orígenes inciertos del personaje la sitúan en el más puro estilo gótico. La relación amorosa entre Drácula y Mina es una invención coppoliana que nos aleja de la novela. Si habéis leído el libro y habéis visto la película me daréis la razón.
No voy a cuestionar la legitimidad de versionar obras clave con tanta distorsión (aunque la Hammer nunca aseguró que sus versiones de Drácula fueran la planteada por Stoker, ¡y eso que eran serie B!) pero alguna cosa parecida puede suceder, salvando las diferencias, con el Soy Leyenda estrenado recientemente y protagonizada por
Sin entrar en el ritmo de la película, extremadamente aburrido en sus tres cuartas partes y con una resolución excesivamente vertiginosa al final, el argumento no tiene nada que ver con la novela. Es otra historia que nos habla de altruismo americano, de salvadores de la humanidad, poco de vampiros y nos aleja del planteamiento crítico de Mathesson. Nada que ver.
Un consejo…pasad de ver la peli y leeros la novela, espero haber llegado a tiempo.